…del domingo de Resurrección en Guareña ( Cont.III)

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-“¡ Qué cariñosa es Dª Casilda; con qué suavidad te la mete”! -solía connotar

el Aguardiente, no falto de doble sentido en sus trastabillado lenguaje, al que el cabrero de la Oliva respondía con una abierta sonrisa cómplice.

Todavía me golpeaba en mi cerebro la contrariedad que me supuso que Daisy no me acompañara al funeral del Chivo, que, aunque me había confesado su agnosticismo con tal gracia que, por ello, a buen seguro Dios le habrá abrazado delante de las mismas barbas de San Pedro.

-“ Que no cuelgo yo un santo en mi balcón: con el de la vecina tengo bastante” – me refirió en cierta ocasión José Pozo, intuyendo en sus palabras una ironía natural, que demostraban bastante escarnio contra la hipocresía de los creyentes.

…”El Villanueva”, ataviado como suele, astroso y con la cabeza empotrada en una visera que debió ser blanca un día, conversaba muy elocuente con un parroquiano a su codo izquierdo, lamentándose de que hubiera pasado el invierno sin haber dado largas a las pocas toneladas de carbón que aún esperaban en el su granero.

-“ No se acerque a él -me aconsejó el Gangoso- que le va a poner perdido de piojos”.

No se trata de cargar las tintas sobre la maldad, que rezuma a veces entre los aldeanos  sino que tomaba el consejo como si la maledicencia no se correspondiera con la realidad. No es de extrañar que a la profesión de carbonero, los aldeanos solieran identificarla con la suciedad; es por lo que, al Villanueva no debería molestarle ser acreditado de hostelero de liendres.

 

 

Apuntes del domingo de resurrección en Guareña ( Cont.II)

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…Advertía con recurrente nostalgia la astrosa silueta del cabrero de la Oliva: su desaparición, aunque anunciada por sus dolencias de las que sigilosamente me confesaba, entreveladas de inquietud, pues no le era indiferente los decesos de los aldeanos con los que solía compartir los bancos incómodos de hierro y de pintura verde, el color de la esperanza y de la envidia, de los que solía recordar el mal fario que suponía sentarse allí donde un día solía sentarse Manuel, el Gilguero; Robustiano, el Tieso; Ramón el Aguardiente…que uno tras otro iban abandonando en el olvido sus historias, inventadas o verdaderas; los tratamientos medicinales de dudosa eficacia; las miradas furtivas a las cachas de la vecina, que se recogía la falda cada vez que bajaba un peldaño fregando los tramos de la escalera que le correspondían, y ellos disimulaban su torpeza al desechar la llave del portal, y se hacían los longuis cuando la vecina le ofrecía ayuda en su falta de pericia volteando la llave en la roñosa llavera, que necesitaba recambio.

-” No se preocupe, Virginia, que yo me valgo sólo” -contestaban con apremio a la generosidad de la vecina y, permitirle así progresar en la tarea de la limpieza, al tiempo que ella, con la falda recogida por delante mostrando a los viejos sus tentaciones, procedía a canturrear un bolero pícaro -”tápame, tápame, tápame, que tengo frío…” Y a los viejos, al continuar con el estribillo les rodaba una lágrima por las mejillas, al comprobar que las mantas, a las que se refería la tonada, se habían ajado por falta de lana.

Todos tenían una vecina que les hacía felices la mañana de los sábados, dedicándoles unos momentos de reprimida sensualidad, a la que no se resistían, agradeciéndoles el fútil esfuerzo que en nada resultaba, pues la impotencia de hombres ancianos, a causa de la enfermedad o los años acumulados, estorbaba al deseo, a pesar de que algunos intentaban temblorosos rascarse en los bolsillos del pantalón.

No conciliaban los argumentos al referirse al subsidio de la pensión, que, a pesar de no coincidir las cifras, algunos se conformaban, arguyendo que les llegaba a final de mes; que,  incluso con la extraordinaria de Navidad les asistía el motivo de mostrarse generosos, como para realizar esfuerzos extras en los avíos para la cena y para los regalos a los nietos.

Solían mostrarse vitriólicos con el médico del seguro; que no les prescribía medicinas de las buenas, que se las recetaba  de las baratas; a lo cual atribuían la falta de alivio en sus enfermedades; aunque, eso sí, solían ser indulgentes con las enfermeras, a las que colmaban de halagos y cumplidos: la más de las veces por sus notables atributos femeninos, y las menos por el encomiable tacto al inyectarles el sintrón.

– “¡ Qué cariñosa es Dª Casilda; con qué suavidad te la mete”!